Esta semana tuve la oportunidad de ver una muestra real (quizá de tan real que era, dolía de verdad) de cómo los actores políticos de nuestros municipios, esos que a partir de enero van a vivir de lo que nosotros pagamos con los ya de por sí inexplicables impuestos (más lo que se acumule esta semana) se veían y debo decirlo con todas las letras y en el más llano sentido de la palabra: estúpidos e impotentes, ante la demostración de un grupo de ciudadanos que demandaban acciones para reencaminar la ciudad de Guadalajara en su aspecto de movilidad, y reafirmé mi idea de país: Estado fallido, hartazgo social, aunque añadí un nuevo factor que hasta ahora no había contemplado tan tangiblemente. ¿Qué sale si juntas un grupo de políticos y un grupo de ciudadanos hartos de la política? o mejor dicho, hartos de que no exista una política real y que sólo existan personas en el gobierno que velan por los intereses de sus grupúsculos de poder, sale un pueblo pujante que se mueve, ya no como una masa, sino como lo que es: sociedad.
Dicen que no hay mal que dure cien años, yo digo que no hay sociedad que lo permita.


